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TEXTOS LEGENDARIOS



Sobre el Santuario de la Virgen de Belén

De Luarca parte una carretera que une los Concejos de Valdés y Villayón por El Segredal. A los pocos kilómetros se pierde de vista la Villa Blanca en una guapa panorámica. Enseguida divisamos la torre alta de la Iglesia de Belén que  está situada  en el kilómetro 17, centro matemático y administrativo de una amplia comarca de 53 kilómetros cuadrados, que por sus características orográficas se le conoce como La Montaña. Hay indicios arquitectónicos que demuestran su inclusión en el Camino de Santiago, pues  según la tradición oral, se dice que un peregrino perdió un escapulario o medalla de  la Virgen de Belén. Los devotos al encontrarla levantaron una ermita y más tarde una capilla bajo la advocación de Nuestra Señora de Belén.
 La primera Iglesia en honor de San Salvador se  hizo sobre una abadía o monasterio en las cercanías del puente de Buseco, sobre el Ríu Negru que dio lugar  al nombre que tiene actualmente: San Salvador de Ríonegru. Las visitas y peregrinaciones al Santuario de Belén aumentaban, por lo que los párrocos, después de varios incidentes y/o conflictos de Fe, se vieron en la necesidad de trasladar la Iglesia y cementerio adosándolos al primitivo santuario de la Virgen de Belén.

Belén de La Montaña (Valdés) bien podría haber sido el lugar donde nació Jesús.
 
Según los Evangelios, Jesús nació en Belén  de Judá. La exégesis sostiene que ese Belén es una ciudad de Judea, al sur de Jerusalén. Pero, además de los cuatro Evangelios canónicos  reconocidos por la Iglesia, hubo otras biografías de Cristo, apócrifas o legendarias que cambiaban o añadían diversos detalles de la vida del Señor. En la ordenación de la biblioteca del Seminario de Oviedo apareció un papiro, similar a un apócrifo, que traducido sitúa la cuna de Cristo en el pueblecito valdesano de Belén. El papiro dice así:
“En el año 26 de la llegada a Luarca de las invictas legiones, en los grises días del solsticio de invernal, por el camino de naciente  llegó a nuestro lugar una familia que constaba de dos personas. La mujer venía sobre un asno pequeño y fatigado. Vestían ropas pobres y desconocidas en este país. En su compañía llegó el publicano que cobraba el  pontazgo del río Esva los encontró a su colega en el pórtico de columnasen, por donde pasaban los fardos y ánforas camino de las galeras y comentó que aquella era la más extraña que nunca había visto, pues, siendo dos, todos sus gestos y andares los iban haciendo como si entre ellos viniese una tercera persona invisible; él mismo se había sentido tan atraído por ellos que les devolvió, ¡la primera vez en su vida!, los cuatro óbolos del peaje.
 Los recién llegados no conocían las hablas astures y apenas el latín. Eran portadores, sin embargo,  de una tésera o cédula sellada  por los prefectos de Cádiz, Mérida y Astúrica (Astorga), otorgándoles licencia para empadronarse en el censo universal, que entonces se realizaba en una aldea de estas montañas llamada Belén. El centurión que custodiaba, el puerto mandó a los duunviros que los albergasen. Al día siguiente los encaminó hacia Belén y para que no extraviasen la ruta que bordea el río Negro ordenó a un legionario nativo los acompañara diez estadios. Cumplidas las calendas, por la zona se propagaron extrañas nuevas. Se dijo que llegados a Belén, se habían refugiado en un cobertizo a la salida del pueblo y allí, al poco de llegar, la mujer dio a luz un niño en medio de una noche henchida de luces e inquietantes signos. A las pocas horas comenzaron a acudir pastores desde las brañas vaqueiras valdesanas y tinetenses. Nadie supo explicar quién había convocado en el mismo punto a gentes de tan remotos lugares. Corrían alegres por los altos vericuetos trayendo sus regalos natalicios: odres de leche, quesos sin fermentar y hasta cabritos. El astrólogo que adivinaba en la villa sufrió un pasmo que le privó del habla hasta los idus de febrero al ver  una estrella nueva que entonces comenzó a brillar con más fulgor que ninguna en el ángulo del cielo que recortan las cumbres del Estoupo y de Panondres Y pasadas las semanas los caminos trajeron al pueblo druidas y magos que desde todos los castros de lugones, pésicos o albiones se acercaban con sus tocados de ceremonia a rendirle pleitesía a rendirle pleitesía a aquel niño con la más reverentes prosternaciones. Los vecinos de Belén no se recobraban de su asombro. Tras el empadronamiento fueron admitidos en el clan de la aldea sin necesidad de iniciación. Les construyeron una palloza redonda. Asignándoles un quiñón de los bienes comunales. Y allí felizmente vivieron dos años dos año. Luego  marcharon en silencio. Nadie supo  hacia dónde. Pero más tarde un buhonero fenicio, que trajinaba con adminículos de marfil y bronce llegó a este puerto para embarcarse hacia las islas Cesitérides. Mientras esperaba que se alzara propicio el viento austral, relataba sus viajes. Así llegó a contar cómo había tropezado en la Ruta de la Plata con una familia que hablaba arameo y que desde las montañas astures bajaba hasta Cádiz para embarcar hacia Oriente.
Los circunstantes en el foro marítimo de esta villa se miraron unos a otros y comprendieron de qué familia se trataba y por qué  se había marchado de esta comarca. Sin embargo no le hicieron preguntas, nio hablaron entre ellos. La verdad es que nunca  hablaban poco de aquella familia cuyo recuerdo les creaba una  vaga agitación; no sabían si de inquietud o de alegría. Es que en el fondo de sus almas estaban convencidos de que tras el nacimiento de aquel niño todo era diferente.”
Hoja del Lunes del 22-XII-1986. p.11. Su autor Silverio Cerra Suárez, profesor del Seminario de Oviedo.