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XENTE DE NUESO - NUESTRA GENTE
D. Francisco Buenaventura González González 1917-2008
(Pacho Bernaldón)
 

Nació el 14 de julio de 1917 en Los Piñeiros, en Casa Bernaldón, donde pasó toda su vida y donde nos dejó el día 9 de abril de 2008.
Se casó con Gloria Fernández García, de Casa el Ferreiro de la Ordovaga. El matrimonio tuvo tres hijos: Manolo, Natividad y Cristina que le dieron nueve nietos : Ana, Josefina, Javier, Luis, Victor, Francisco, Mª José, Silvia y Walter. Y sus biznietos: Iris, Yuna, Mirian, Andrea, Sergio, Sofía, Cecilia, Sarai, Nerea, Belén, Claudia, Paloma, Anando y Sara. Una gran familia.
Pacho Bernaldón, como todos lo conocíamos, fue una persona popular entre los vecinos de La Montaña, pero sobre todo fue una persona entrañable. Prestó un servicio importante en la parroquia y en los pueblos de alrededor, como “veterinario”, la mayor parte de las veces de forma altruista. Todos sabemos lo importante que son para la casería nuestras vacas y todos nuestros animales, a los que Pacho sanó en tantas ocasiones y alivió así los disgustos a los ganaderos.
Nosotros desde la Asociación de Vecinos “Virgen de Belén” queremos dedicarle esta entrada en nuestra página, por su popularidad y por toda la labor realizada. Por su buen humor, por su amabilidad y simpatía y por su entrega a los demás. Pacho estaba día y noche disponible para la consulta. Y eso no se paga con dinero. Por eso nuestro reconocimiento.
Pacho, seguramente seguirá velando por todos y por nuestras reses desde el espacio donde se encuentre. Él fue una persona querida en la parroquia y queremos que siga aquí entre nosotros, con este pequeño homenaje, un “requeixín” en nuestra WEB.
Un beso desde aquí y nuestro amor y reconocimiento a través del viento.

Mª Esther García López
Presidenta de la Asociación de Vecinos
“Virgen de Belén”

 

Pacho Bernaldón

Breves notas aportadas por su familia.

Adquirió sus conocimientos de veterinaria de forma autodidacta, estudiando por las noches después del trabajo diario y a fuerza de experiencia.
A pesar de no ser un veterinario titulado, la gente confiaba en sus conocimientos. Durante muchos años fue muy reclamado por los ganaderos de la zona de La Montaña, desde el concejo de Luarca hasta Villayón, para pedirle consejos. Su casa se parecía a la consulta del médico, porque a veces había 3 o 4 personas esperando.  Estaba disponible a cualquier hora del día y de la noche para sus vecinos, y recorría todos los pueblos de La Montaña en su moto. Llegaba a la cuadra, donde lo esperaban para que remediara a alguna res, y con paciencia y amabilidad calmaba al dueño de la vaca o del caballo, o de los cerdos. Y así, con sus remedios, salvó la vida de muchos animales. Como dicen los ganaderos sobre sus animales, tan queridos y tan importantes en el sustento en la aldea,”fuera del alma los animales son como las personas”. Y así se entiende, la fuerte relación afectiva del ganadero con sus animales. Y por otra parte estaba el aspecto económico. La mayor parte de las casas de los pueblos vivían en esta economía de subsistencia gracias a sus animales. Cuando había una pérdida, era un revés muy grande para la familia. Por eso los remedios de Pacho, fueron siempre alivio de estas calamidades que se sufrían en la aldea.
Pacho no sólo recorrió la parroquia. En el vecino concejo de Villayón y concretamente en la parroquia de Oneta, que linda La Montaña, cuando los veterinarios visitaban la zona, llamaban a Pacho para pedirle una 2ª opinión, sobretodo de cerdos y caballos.
 
Su nieto Victor nos cuenta una de sus anécdotas: en una casa tenían una vaca desahuciada. Llamaron a Pacho con la confianza de siempre. Él le administró un medicamento y comentó con su sorna habitual “yo soy la resurrección y la vida”. Se marcharon a tomar un café y al volver, la vaca se estaba levantando, para asombro de sus dueños, que siempre le estuvieron agradecidos.
 


SUS AFICIONES

Una de sus aficiones era la lectura, pues Pacho fue formándose como “veterinario” a base de leer libros. Era una persona muy alegre que le gustaba mucho contar chistes, tanto en las reuniones familiares como en las casas que atendía. Tenía una peña de quiniela de fútbol con otra gente de La Montaña y era el encargado de sellarla. Durante muchos años, miembros de la peña acudían a su casa para cubrirla. Pacho disfrutaba mucho con esos momentos de tertulia, en los que hablaban de todo. Era gran conversador y donde estaba Pacho siempre había risa, sabía muchas cosas y trasmitía alegría a los que lo escuchaban. Sobre todo, porque como buen asturiano estaba dotado de esa fina sorna que nos caracteriza. Además le encantaba escuchar los partidos de fútbol por la radio para ver si les tocaba algo en las quinielas. Una vez les tocó una de 14 y lo celebraron a lo grande con una cena en Belén.
También le gustaba mucho jugar a las cartas, sobre todo al tute, costumbre que mantuvo hasta el último momento de su vida. Nunca perdió el humor.

 

 

 
Por Victor González Quintana

Mi abuelo Pacho, fue un hombre con muchas inquietudes de todo tipo. Era muy inteligente y sabía de todo. Se podía hablar con él de muchas cosas, hasta de política. Siempre fue muy crítico con el régimen y estuvo en contra de la dictadura, a pesar de lo cual luchó en el bando de Franco en la guerra. Como todos, pasó sus malos momentos.
Nos contaba que cuando lo llamaron a filas, fingió tener los pies planos para no tener que ir al frente. El día de la revisión médica llovía mucho y fue metiéndose por todos los charcos. Llegó tan lleno de barro que ni le miraron los pies  para comprobar de verdad que eran planos. Así consiguió quedarse como auxiliar en un acuartelamiento de La Coruña.
 
También tuvo un incidente con un destacamento de moros. Cuando los tenía en formación para darles la comida, empezaron a gritar ``tu tas rojo, tu tas rojo´´. Cuando ya las cosas se ponían feas, salió un mando y pegó dos tiros al aire y los volvió a formar y acto seguido los devolvió al frente.
 
El día en que se terminó la guerra, en medio de la euforia general, él salió a celebrarlo y se olvidó de dar la comida a varios soldados, lo que casi le cuesta un buen arresto, que al final le perdonaron por ser un día tan señalado. Cuando lo recordaba nos contaba  ``pensé que me mandaban pa África a pelar patatas´´.
 
De los curas no tenía muy buena opinión. Nos decía que en sus años jóvenes, tenían mucho poder y él encontraba injustas muchas de sus imposiciones: que no se pudiese trabajar los domingos, aunque supusiese la pérdida de la cosecha, la obligación de confesarse, la bula, etc. Y sobre todo que se abuso de los pobres... Más que en los curas, creía en las buenas obras, porque él era bondadoso y comprensivo con los demás.
Este breve texto, sirva de recuerdo de sus nietos, que sobre todo lo recordamos por el cariño que siempre nos profesó y por el ejemplo de trabajo y buen hacer que nos fue inculcando. El fue el gran abuelo que nos fue enseñando cómo caminar por la vida con paso firme.
Gracias abuelo Pacho.
 
En nombre de tus nietos.
Victor 


Por su sobrino Luis González

¿Cómo trasladar al papel una semblanza de Pacho sin retornar a mi infancia? No podría hacerlo; no me queda otro remedio que retroceder en el tiempo a mis años de preadolescente cuando, en tanto yo correteaba por prados y caleyas de Los Piñeros -mi entrañable aldea de crianza-, el protagonista de esta historia llevaba a cabo una intensa y dura labor como agricultor en un medio tan difícil para los trabajos del campo donde la mayoría de las fincas estaban enclavadas en terrenos absolutamente pendientes que obligaban en cada labor a devolver, mediante un trabajo manual con rastras de madera, la tierra que se había mudado al fondo de la parcela labrada.

Pero Pacho quiso ser algo más que simple y rudo agricultor. Acaso el hecho de ser hijo de un hombre destacado, como lo fue su padre Manuel, lo llevó, con no poco esfuerzo a consolidar sus innatas ansias de superación a ir, poco a poco, metiéndose en la cabeza el contenido de voluminosos libros de veterinaria. Con la ayuda de profesionales nuestro hombre fue sumando práctica a la teoría. Y curando las primeras vacas. A casi todos los pueblos de la parroquia incluso algunos del concejo vecino de Villayón iban acudiendo a Pacho cuando alguna res sufría una congestión, el parto de una vaca se complicaba o alguna peste contagiosa amenazaba diezmar la cuadra. Durante muchos años vecinos de distintas aldeas o brañas aparecían en su casa, incluso a altas horas de la noche, en busca del gran sanador. Pacho preparaba entonces su maletín con algún instrumental, echaba en su interior unas cuantas cajas de medicinas y se encaminaba a examinar el animal enfermo.

En lo personal, la imagen que retengo de Pacho no había experimentado grandes cambios con el paso de los años: de la cabeza no apeaba su boina que llevaba ligeramente ladeada y con la que, además de protegerse, disimulada una medie calvicie. De su cara destacaban unos ojos achinados que ofrecían una mirada directa y picara en ocasiones; su nariz era prominente y de su boca, más bien pequeña, colgaba siempre un panzudo pitillo que él se había encargado de liar y que parecía pegado permanentemente a sus labios.

Su conversación era pausada, matizada casi siempre con alguna frase de tono irónico. Llegan ahora a mi memoria escenas memorables en el salón de su casa (que de algún modo también fue la mía), celebrando la comida de San Juan, con los invitados atentos a los chistes de su cosecha, algunos bastante subidos de tono, no faltando los relacionados con los amoríos de algún cura. Todos disfrutábamos de sus ocurrencias en tanto don Manuel, el párroco de La Montaña, daba una fuerte calada a su habano, le dirigía una mirada entre comprensiva y compasiva por debajo de sus gafas, notándose cierto sonrojo en su cara que disimulaba con un largo carraspeo.

A pesar de no ser un gran lector, sobre todo de temas que no fueran relacionados con la curación de animales, la radio primero y la televisión después le proporcionaban la información que él aprovechaba para posicionarse a favor de políticas progresistas, no escatimando ocasiones para crear las caricaturas más grotescas de tal o cual dirigente.

A su madre, la abuela Natividad, le fueron llegando los nietos nacidos en casa; primero Naty, después Manolo y más tarde Cristina. Pacho fue entonces un padre exigente pero cercano y más adelante un abuelo que irradiaba felicidad rodeado de sus nietos.

Acaso el hecho de haber sido un gran fumador hizo que la nicotina le pasara factura en los últimos años de su vida. Sus pulmones se fueron agotando, limitando enormemente su calidad de vida. No perdía sin embargo el humor y siempre había en su vida un hueco para comentar los últimos acontecimientos de la vida mundial, narrar la última anécdota, contar el chiste más reciente o jugar con hijas y yernos una partida de tute.

Con estas pinceladas, además de modesto homenaje a su memoria, traté de hacer honor con mis recuerdos a este personaje singular: buen vecino y ciudadano, agricultor, curador de animales, empedernido contador de chistes y gran paisano que fue en vida Francisco González González o, lo que es lo mismo: mi tío Pacho.

Luis González Fernández

Agosto 2010